Banco Mundial advierte bajo crecimiento en Latinoamérica: ¿cómo queda Colombia?

El Banco Mundial alerta que América Latina crecerá apenas 2,1 % en 2026. Analizamos qué países se salvan y cómo queda Colombia en medio de las políticas económicas del gobierno Petro.

Banco Mundial advierte bajo crecimiento en Latinoamérica: ¿cómo queda Colombia?
Banco Mundial advierte bajo crecimiento en Latinoamérica: ¿cómo queda Colombia?

Latinoamérica vuelve a demostrar su talento histórico para crecer, pero poquito. El Banco Mundial acaba de publicar un informe donde básicamente dice lo que cualquier latino ya sabía sin necesidad de economistas: la región sigue atrapada en un crecimiento lento, lleno de incertidumbre, deuda y gobiernos que creen que imprimir dinero es una política económica sofisticada. Según las nuevas proyecciones, América Latina crecería apenas alrededor de 2,1 % en 2026, una cifra que confirma que el continente sigue siendo una especie de laboratorio mundial para probar cuánto puede aguantar una economía antes de bostezar permanentemente.

El informe del organismo internacional explica que el crecimiento regional está siendo frenado por varios factores clásicos: altos costos de endeudamiento, inversión débil, demanda global moderada e incertidumbre política. Dicho en lenguaje simple: los inversionistas miran a muchos países latinoamericanos y reaccionan como cualquier persona normal cuando ve un edificio con un cartel que dice “obra eterna”.

En este escenario de mediocridad económica colectiva, algunos países logran destacar un poco más que otros. Argentina, por ejemplo, aparece como uno de los casos que podrían crecer más rápido dentro de la región, impulsado por reformas económicas y cierta estabilización después de años de caos macroeconómico. Mientras tanto, Brasil avanza con una previsión cercana al 1,6 % de crecimiento, y México apenas rondaría el 1,3 %, lo que confirma que incluso las economías más grandes del continente tampoco están precisamente en modo turbo.

Y luego está Colombia, que según el Banco Mundial podría crecer alrededor del 2,2 % en 2026. Es decir, un crecimiento modesto, pero suficiente para que el gobierno salga a celebrarlo como si hubiera descubierto petróleo en el patio trasero de la Casa de Nariño.

Claro que hay un pequeño detalle en todo esto: las políticas económicas también influyen, y aquí es donde el panorama colombiano empieza a parecer una comedia involuntaria. Mientras el mundo discute productividad, inversión y competitividad, en Colombia el debate económico muchas veces gira alrededor de ideas dignas de una asamblea universitaria de primer semestre: más impuestos, más regulación, más discursos ideológicos… y menos crecimiento.

El presidente Gustavo Petro, fiel a su estilo revolucionario de PowerPoint, ha intentado convencer al país de que la economía funciona mejor cuando se le aplican experimentos ideológicos. El problema es que los mercados, los empresarios y los inversionistas no suelen compartir ese entusiasmo. Para ellos, escuchar ciertas propuestas económicas del gobierno colombiano es como ver a alguien intentando reparar un motor con un martillo y un libro de filosofía.

No es casualidad que muchos analistas adviertan que la inversión privada sigue siendo uno de los puntos débiles de la región, y Colombia no es la excepción. Cuando un empresario ve discursos contra el sector privado, reformas improvisadas o políticas fiscales inciertas, suele reaccionar con una estrategia económica bastante sofisticada: guardar la billetera y esperar a ver qué pasa.

El Banco Mundial también recuerda algo que en Latinoamérica parece olvidarse cada década: el crecimiento sostenible depende de educación, instituciones fuertes y mercados abiertos. Es decir, exactamente lo contrario de la receta política favorita de muchos gobiernos populistas del continente, que prefieren prometer subsidios eternos financiados con deuda o con impuestos cada vez más creativos.

Mientras tanto, la región sigue atrapada en una especie de ciclo económico tragicómico. Cada cierto tiempo aparece un nuevo gobierno prometiendo “transformar el modelo económico”, lo cual suele significar exactamente lo mismo: más burocracia, más intervención estatal y menos confianza para invertir. Después de unos años, la economía se desacelera, los políticos culpan al capitalismo internacional, y el ciclo vuelve a empezar.

Colombia, por ejemplo, tiene un potencial económico enorme. Tiene recursos naturales, una ubicación estratégica y una población joven. En teoría, todo eso debería convertir al país en una economía dinámica dentro de América Latina. Pero en la práctica, muchas veces la política logra lo que parecía imposible: convertir ese potencial en un eterno “podría haber sido”.

El Banco Mundial también advierte que la incertidumbre global seguirá afectando a la región, especialmente por factores como conflictos internacionales, tensiones comerciales y volatilidad en los precios de materias primas. En otras palabras, el mundo ya es suficientemente complicado como para que algunos gobiernos latinoamericanos decidan complicarlo aún más con experimentos económicos improvisados.

Aun así, el organismo internacional mantiene una pequeña dosis de optimismo. América Latina tiene recursos estratégicos clave para el futuro, como litio, cobre y energía limpia, lo que podría convertirse en una oportunidad económica importante si los gobiernos hacen algo radicalmente revolucionario: no arruinarlo con malas políticas.

Por ahora, el panorama es claro. La región seguirá creciendo lentamente, avanzando con la velocidad de un autobús viejo subiendo una montaña. Algunos países intentarán acelerar con reformas económicas, mientras otros seguirán confiando en la estrategia latinoamericana tradicional: discursos épicos, promesas imposibles y conferencias de prensa donde se explica que el problema siempre es culpa del “modelo anterior”.

En Colombia, mientras tanto, el país observa con curiosidad el experimento económico en curso. El Banco Mundial dice que el crecimiento será modesto, los economistas advierten sobre riesgos y los empresarios siguen esperando señales claras.

Y el gobierno, por supuesto, sigue convencido de que todo va perfectamente siempre y cuando uno ignore los números.